Monday, May 10, 2004

Ser católico en un país descristianizado

España, poco a poco, ha perdido algo cosustancial a ella misma: su condición de cristiana y católica. Todos los datos señalan al hecho de que sólo un 20% de la población acude a misa dominical mientras que alrededor de un 50% no va nunca o directamente se declara agnóstica o atea. Ciertamente este mal no sólo afecta a este país sino a nuestros vecinos europeos. La descristianización de Europa es un hecho. Es posible incluso que estemos mejor que británicos, holandeses y algunos otros. Pero sabio es el refrán que dice "mal de muchos, consuelo de tontos".
Entrar a analizar las causas de esta descristianización es una tarea ardua y compleja para la que yo no soy la persona indicada. Pero a riesgo de equivocarme daré mi opinión. Creo que lo que nuestros ojos contemplan es el resultado del avance brutal de una secularización que se encontró las puertas abiertas de par en par tras el postconcilio. Tras leer detenidamente los documentos del Concilio Vaticano II he llegado a la conclusión de que lo que hay en ellos no puede usarse para justificar el descontrol y desvarío en el que entró la Iglesia durante el pontificado de Pablo VI. La absoluta falta de autoridad para frenar los desmadres doctrinales y litúrgicos produjo un grave daño en el alma del catolicismo y a día de hoy todavía sufrimos las consecuencias. A pesar de que el papado de Juan Pablo II ha supuesto un freno a ese gravísimo mal que amenazaba con lograr desde dentro de la Iglesia lo que sus enemigos no han conseguido en veinte siglos, la realidad es que hoy nos encontramos con situaciones tan paradójicas como las de un Monseñor Lefebvre excomulgado, con razón, al lado de un Hans Küng que ni siquiera ha sido suspendido a divinis a pesar de su público y pertinaz rechazo de varios dogmas de fe católicos. No niego ni discuto las poderosas razones que asistían al Papa para excomulgar al arzobispo francés pero sí tengo la completa seguridad de que Monseñor Lefebvre era infinitamente más ortodoxo en la doctrina que una gran pléyade de obispos, sacerdotes, teólogos, rectores y formadores de seminarios opuestos en mayor o menor medida al Magisterio de la Iglesia y contra los que no se ha usado el mismo rasero disciplinar.
Y he ahí la raíz del drama que todavía vivimos hoy. Cuando la disciplina se relajó tomando como excusa una apertura postconciliar que en ningún caso debió suponer la asunción de elementos de la modernidad que habían sido condenados magisterialmente por los "papas-profetas" de finales del s XIX hasta mediados del s. XX, la salud del pueblo de Dios empezó a sufrir una especie de enfermedad paralizante que todavía nos acecha. La realidad, nos guste o no reconocerla, la queramos esconder o no, es que buena parte de la Iglesia, no toda por supuesto, pasó de ser sal en el mundo a ser salada por el mundo. En vez de evangelizar la modernidad, dejamos que la modernidad se introdujera como un virus destructor por las venas y arterias que, durante veinte siglos, han sido canales de la sangre de nuestros mártires, de nuestros santos. La necesaria inculturación en la era que nos tocaba vivir se convirtió en la puerta ancha descrita por Cristo en los evangelios. Las vocaciones se desplomaron. El alejamiento de grandes masas de la Iglesia y los sacramentos se convirtió en el pan nuestro de cada día. En muchos seminarios la preparación teológica, pastoral y espiritual de los seminaristas se convirtió en semilla de vocaciones frustradas, de sacerdotes heterodoxos y de futuras cátedras de teología abiertas de par en par al veneno de la teología liberal.
Sin duda Pablo VI tenía parte de razón al advertir que el humo de Satanás se estaba colando por alguna fisura. Digo parte de razón porque a mí no me parece que fuera por una simple fisura. No, ese humo estaba entrando por ventanas abiertas de par en par. Y los responsables de cerrarlas no hicieron nada. Si no las abrieron ellos mismos, cosa que sospecho, como mínimo permanecieron sentados quejándose de que el aire se hacía irrespirable. Dios juzgará si el encargado de las llaves del Reino hizo bien su labor.

Lo cierto es que de poco vale ya quejarse de lo que ha ocurrido décadas atrás. La realidad es la que es y debemos aprender a vivir en la sociedad que nos ha tocado en suerte. La pregunta es: ¿cómo vivir siendo fieles a nuestra fe en medio de una sociedad hedonista, neopagana, donde el holocausto del aborto parece imparable, donde la inmoralidad se convierte en panacea de los índices de audiencia en la televisión y la prensa del corazón, donde el anticlericalismo enseña de nuevo sus garras tras la sonrisa y el falso talante del nieto de un masón que nos gobierna gracias a los doscientos muertos que causaron inmigrantes marroquíes musulmanes al servicio de todavía no se sabe bien quién o quiénes?

Se me responderá: siendo fieles al evangelio.

Sin duda, es así. Pero, ¿en qué consiste esa fidelidad al evangelio en medio de todo esto? ¿basta con ser "santos" individualmente o estamos llamados a algo más, a trabajar por la santificación de la Iglesia desde los pies a la cabeza, desde el pueblo llano a las más altas jerarquías? ¿y eso cómo se hace? ¿dónde están entre nosotros y hoy esos grandes santos quienes, como San Francisco de Asís o San Francisco de Sales, movieron la palanca de la santidad y la reforma de la Iglesia hacia adelante?

Señor, ten misericordia de todos nosotros.

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